El secreto de los gatos

Hace unos días, llego a casa y me pongo a ordenar revistas, papeles, asuntos pendientes. Un par de minutos después, comienzo a escuchar un maullido en la lejanía. Algún gato callejero, pienso. Sigo con lo mío. Al rato, los maullidos se hacen cada vez más sonoros. No está en la calle, el gato. Suena dentro del edificio, más bien. Entonces caigo en la cuenta. ¿Están los gatos en casa?

Miro por todas las habitaciones, en los escondites habituales. Jack duerme, tranquilo, encima de la cama del cuarto de invitados. Pero Lula no aparece por ningún lado. Los maullidos, de escándalo ya, no cesan. Salgo al descansillo. Mi vecina sale del ascensor. Miro por el hueco de la escalera, primero hacia arriba y luego abajo. Allí está. 

La vecina me dice: “Hay un gato arriba, ¿no?”. Ya corriendo escaleras abajo, contesto: “Está aquí”. Lula está delante de la puerta que correspondería a mi piso, pero una planta debajo de este. Supongo que ha salido corriendo, sin que me diese cuenta, cuando entré en casa, antes de cerrar la puerta. Disparada, ha bajado un tramo de escaleras y, como en apariencia todas las plantas son iguales, luego ha intentado entrar de nuevo en casa y ha visto que no podía. La puerta estaba cerrada. Y además, aunque está claro que no lo sabe, ni siquiera es su puerta. La cojo y subimos. Al abrir la puerta de casa, salta y corre a esconderse.

Casi a diario, Jack vuela hasta la ventana del salón cuando subo la persiana por las mañanas. Se frota contra las patas de una silla y maúlla con exigencia. Como diciendo: “Ya era hora, tío”. Algunos días, ni siquiera ha salido el sol aun, pero da igual. El ritual es el ritual. No tengo claro qué quiere, pero las persianas han de estar subidas. Se sube al respaldo del sillón y contempla esa vida, que a los humanos nos pasa desapercibida, a la altura de las fachadas de un quinto piso.

En cuanto me descuido, sale a la terraza, se da una vuelta y luego vuelve a entrar cuando ve que voy a por él. Es un gato al que le gusta escaparse, aunque luego le gusta aun más entrar de nuevo en casa. Es su territorio, al fin y al cabo. En bastantes ocasiones, al llegar a casa, sale disparado hasta el felpudo de los vecinos, lo araña unos segundos y, a la misma velocidad, entra de nuevo. Me escapo si quiero y conquisto un nuevo territorio, pero mejor lo dejamos para otro día, parece pensar.

Este tipo de cosas podrían hacer pensar que los pobres gatos tienen una vida triste. Se aburren, no salen a la calle, no les da el aire, no descubren lugares nuevos. Yo creo que se trata de otra cosa.

En el mundo felino, al menos el doméstico, solo existe ese mundo donde viven. Y tiene que ser como es, porque es lo que ven siempre. Si bajas las escaleras y donde llegas es idéntico a donde estabas, excepto por un número visible encima de la puerta del ascensor que, como es obvio, un gato no es capaz de interpretar, no has bajado: estás en el mismo sitio. De la misma manera que cuando saltas por encima de los sofás o las mesas sigues estando, en realidad, en el suelo del salón. O cuando sales a arañar el felpudo del vecino no estás al otro lado de la puerta, sino al lado de la puerta. ¿Dentro, fuera: cuál es la diferencia exacta?

No existen lugares, existe el lugar. Pero, eso sí, tiene que ser como yo quiero. Es decir, perfecto. Que todo lo que me gusta esté disponible en cualquier momento. Por si me apetece contemplar la luz cambiante sobre las fachadas y el mar al fondo, o los pájaros volando en círculos, o esos insectos que tan buena pinta tienen y que a veces, incautos, se cuelan en mi casa. Todo es lo mismo, el conjunto de las cosas que veo y quiero ver. Mi mundo. Perfecto, sí. Aunque no pierda la esperanza de que, tarde o temprano, ampliaremos territorios. En realidad, son optimistas los gatos. Y pacientes. No dudan que acabarán teniendo todo lo que quieran. Por eso ronronean tanto.

(Foto de MA Blanco).

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