Entrevista exclusiva

Han pasado unas cuantas décadas desde la última vez que coincidí con Papá Pitufo. Ya entonces era todo un personaje. Nunca se callaba nada, dejaba que su opinión sobre cualquier asunto, desde la decoración de las setas-viviendas hasta la calidad de los trabajos realizados por sus pitufos, arrasase si hacía falta el ambiente como un tsunami verbal que a todos dejaba fuera de sitio y, durante un tiempo, devastados. Pero era simpático en los momentos de calma. Siempre cercano en el trato.

Hace poco, mis contactos me propusieron que hablase con él. “Está cada día más cascarrabias con lo que ve por la tele”, me decían. “No se calla una”. Picado por la curiosidad, decidí quedar con él en el lugar donde solíamos hacerlo en los viejos tiempos. Desde luego, visto lo que me contó en esta entrevista exclusiva, la empresa creo que mereció la pena. 

—Cuánto tiempo sin verle. Está usted igual. ¿Cómo lo hace?

—Son muchos pitufos de pitufa pitufándome. Al final, uno se pitufa a todo, incluso a no pitufar pitufa.

—Ya veo. La salud ante todo. ¿Qué le parece, hablando del tema, el rumbo hacia la privatización que está tomando la Sanidad pública en algunas comunidades de España?

—Qué me va a pitufar, que son unos pitufos de la gran pitufa. Después de años pitufando a la Pitufa Pitufal, te pitufan a repitufar por los pitufos y, de pitufar así, cualquiera pitufa cómo pitufará todo.

—Bueno, bueno, le veo un poco exaltado, ¿no?

—A mis pitufos, nadie me va pitufar lo que tengo que pitufar.

—También es verdad. ¿Y sobre los cambios en el sistema educativo, qué opina? ¿Se busca lo mejor para los niños o no?

—Jajajajajaja. Qué pitufo eres. Ayyyy. Jajajaja. ¿En serio pitufas que te pitufe esta pitufa?

—Sí, la verdad es que no me importaría.

—Bueno, pues mi pitufo es que, como he pitufado antes, son unos pitufos de la gran pitufa. Con todas las pitufas. Todos esos pitufos no pitufan lo mejor para los pitufitos, no. Lo que se pitufa es el pitufamiento de los pitufos dentro de unos pitufos afines a sus pitufas. Y, de pitufo, pitufar mano de pitufa apitufada para el futuro. Que no pitufe por sí mismo, solo pitufe y haga pitufar muchos pitufos de pitufos a la pitufa para la que pitufe, sin pitufo para pitufar sobre su pitufo. Para ellos, los pitufitos son lo de menos.

—Exaltado no, más bien indignado…

—Es que es para pitufarse.

—Casi que no le pregunto por los desahucios, la amnistía fiscal o la reforma legal…

—Pitufa, pitufa…

Aquí, Papá Pitufo sonríe con cara extraña. Casi diría que le gotea un poco de saliva desde el colmillo. Tomo aire y le pregunto su opinión sobre ambos asuntos.

—Supongo que vas a pitufar mi pitufa…

—Sí, que son todos unos…

—…pitufos de la gran pitufa, en efecto. Por pitufo, que unos pitufos se pitufen sin pitufa, no pitufen donde pitufar, es de lo más pitufo que he pitufado nunca. Y lo de la pitufa pitufal solo se pitufa, siendo malpitufados, que es lo que pitufa en estos pitufos, desde el pitufo de pitufa de la pitufa Falciani. Antes de que este pitufo pitufe los pitufos que han pitufado pitufos a Suiza, pitúfemos la pitufa.

—Hombre, con el debido respeto, quizá sea exagerado pensar que se trataba de legalizar de antemano esa situación, ¿no?

—Quizá, pero a mí es lo que me pitufa. Todo pitufa muy pitufo (dice mientras exagera un olfateo alrededor). Se pitufa mucho a un pitufo pitufado por los de siempre.

En realidad, no me extraña la vehemencia con la que se expresa y el punto de vista casi de conspiranoico de mi entrevistado. Son años y años de enfrentarse a Gargamel, de luchar contra sus continuos ataques para desmantelar el apacible pueblo que los pequeños seres azules habían logrado levantar gracias a su esfuerzo.

Tras el séptimo whisky (es increíble la capacidad para asimilar el alcohol del venerable sabio), me confesó que, como yo ya había sospechado, algún que otro ministro de nuestro Gobierno le recordaba demasiado a su archienemigo como para evitar que esa nefasta imagen tiñese sus opiniones de la virulencia que acostumbraba a desatar contra el interfecto.

No sé cómo logré volver a mi casa. Estaba casi amaneciendo, tras varias horas de conversación que fue derivando por los temas más diversos, como un pesquero al capricho del mar en la tormenta. Sin rumbo ni destino. Al despertar a la mañana siguiente, solo tenía un pensamiento recurrente: no podía dejar de darle vueltas a cómo esos pitufos de la gran pitufa lograrán pitufar con todo si no se les pitufa a tiempo.

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