Perderlo todo

Fue al poco de levantarme el viernes, cuando estaba comenzando a hacerme el desayuno. Durante esos primeros minutos no había notado nada extraño, ni dolor, ni alguna sensación rara… nada. Pero de pronto oí un sonido seco, tenue, como de algo blando que golpeara el suelo. Miré al suelo, un poco detrás de mí, a la derecha. Mi primera reacción fue palparme ese mismo lado de la cabeza. No había lugar a dudas: efectivamente, acaba de caérseme una oreja.

Empecé a recordar entonces cómo, paulatinamente, había estado perdiendo partes del cuerpo durante las últimas semanas. No podría precisar cuándo me había dado cuenta de la primera pérdida, puesto que tampoco le había prestado especial atención. Serán cosas de la edad, recuerdo que pensé. Ya iré al médico un día de estos. 

El caso es que la oreja venía a sumarse a varias uñas de los pies, un trozo importante de piel de la parte posterior del muslo de la pierna derecha y, ahora que me fijaba, una falange entera del meñique de la mano derecha. Incluso, ahora caía en la cuenta, el bigote llevaba días sin crecerme. ¿Cómo no me había percatado de esto antes? La verdad es que, con tanto ajetreo como llevamos los últimos meses, tampoco era extraño. Mi vida era más parecida al ensueño de un zombi que a otra cosa. Y ahora, más que nunca, no puedo evitar pensar, sonriendo de modo cínico.

Así que me dirijo a toda velocidad al hospital, enfilo por la entrada de Urgencias, miro con cara de enloquecido al primero con bata que me cruzo y tartamudeo lo que me sucede. Me ve la suficiente cara de aterrado, aparte de que mi estado no deja lugar a engaños, como para preocuparse, y de inmediato me encamina hacia una salita en la que, en breve, me atiende un médico.

Tras las preguntas de rigor, que no digo que no sean imprescindibles, aunque se me escapa el porqué si fumo, bebo, cuánto de ambas cosas, con qué frecuencia, o si tengo antecedentes familiares de mi dolencia (¿en serio me estás preguntando esto?) es prueba de algo (es decir, no me cuentes historias, doctor, no te aparecen casos así todos los días, ¿no?… ¿no?), el médico, tras mirar durante dos segundos al techo plagado de halógenos con expresión de quien ha descubierto una nueva teoría matemática, gira la cabeza, planta sus ojos en los míos y me dice: “Le vamos a tener que ingresar”. Y menos mal que está así de hábil. Justo en ese momento, tres dedos de la mano izquierda aterrizan formando un haz perfecto.

Lo que descubren los diferentes especialistas que desfilan ante mi cama del hospital durante el resto del fin de semana no puede sino dejarme estupefacto. Con cara de idiota. Preguntándome en qué estaría yo pensando para no darme cuenta antes. Lo mejor de todo es que, por lo visto, debería estar muerto. Muerto o, como mínimo, en coma. He perdido, a lo largo de vete a saber cuánto tiempo (los médicos son incapaces de precisarlo), cantidades importantes de hígado, trozos de pulmón, algo de corazón. Ahora van por los intestinos y el estómago. Miedo me da lo que puedan descubrir ahí.

El caso es que debería haberlo sospechado al menos. Es cierto que llevo un par de meses encontrándome raro, vomitando cosas que no recordaba haber comido, dejando el baño con olores de lo más exótico (pensaba) con relativa frecuencia. No era normal. Pero tampoco tenía yo la cabeza como para andar dándole vueltas a esas cosas.

Los pobres doctores están casi más acojonados que yo. Se les ve en la cara. Menos el típico más joven y con pinta de arrogante, que posiblemente piense que conmigo va directo al Nobel. Pobre. Ni idea de lo que tiene delante, claro. Pero cree que logrará encontrarlo. Lo bueno es que, eso creen, tienen tiempo de sobra. Si no he muerto ya, nada indica que esté a punto de hacerlo. Con lo que no cuentan es con que yo paso mucho de hacer de ratón de laboratorio. Dado que no soy contagioso, o eso parece, puedo pedir el alta voluntaria cuando quiera.

En realidad, creo que eso es lo que voy a hacer. Ahora estoy demasiado liado de curro como para andar haciendo el tonto. Tenemos ahora toda la campaña a punto. Como continúe la baja más días, me quitan de en medio sin pensarlo dos veces. No son poco buitres en el partido. Como para andar perdiendo el tiempo en pruebas y análisis si, en todo caso, parece claro que puedo vivir perfectamente sin las partes de corazón, pulmones, hígado y probablemente estómago e intestinos que me faltan. Lo de la oreja y las manos se arregla con cirugía estética. Seguro que la secretaría general sabrá cómo recompensarme por el sacrificio. Todo sea por el bien del jefe.

(Foto de wax115).

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