Al despertar

Sale de la casa casi en el mismo instante en que el sol comienza a asomar por encima del cerro de hormigón. Lleva la misma falda, la misma camiseta decorada con extravagantes dibujos, entre infantiles y pornográficos, las mismas botas, no las mismas medias (perdidas en combate), sí el mismo tanga, sí la misma prisa con que había entrado en el portal lúgubre y maloliente unas horas antes, cuando aun quedaban restos diluidos en su sangre del alcohol, las pastillas y demás sustancias ingeridas durante horas de tensa espera, al acecho de la mejor opción del día, en el bar de copas donde ella, sus amigas, sus amigos y el resto de rostros aferrados a cuerpos en estado de descomposición mecen sus carnes tensas, su sangre abreviada, al ritmo que dicta el DJ que esa noche se encarga de hacer temblar paredes y cristales por un módico precio.

Se ajusta la cinturilla de la falda, masculla un gemido de dolor: ahora se da cuenta de que los ¿arañazos? que surcan su muslo derecho (¿cómo coño me habré hecho esto?) además de escocer, se ven. Mucho. Acelera el paso y en poco más de media hora trepa a su pequeño apartamento. Allí le esperan ejércitos de platos por lavar, de vasos con restos de vino, de whisky; una algarabía de moscas (¡joder!, pero si aun no es verano. ¡Qué asco!) lame con precisión la salsa solidificada sobre la fuente que le regaló su abuela cuando decidió independizarse. Olfatea el aire. Abre la ventana. El sol la deslumbra. Se acerca al cuarto de baño. Se mira en el espejo. Llora. 

Han pasado seis meses desde que se marchó de la casa. Cree que no la echa de menos. ¡Con lo bien que se lo pasa ahora! A ver si cuando vivía con Raquel iba a poder irse tan tranquilo con niñatas como la de esta noche. Joder, si la ciudad está plagada de guarras. Casi tiene uno que espantarlas, como si fuesen moscas esquizofrénicas revoloteando alrededor de uno. Qué bien. Y la de ayer (¿cómo era que se llamaba? ¿Jenny, Vanessa, alguna otra gilipollez como ésta?), si no recuerda mal, menudo culo y vaya tetas tenía la cabrona. Y qué salvaje, qué manera de gritar y de aferrarse a él. Decide levantarse de la cama. Recuerda que no se ha enterado de que la morena saliese de la casa. Revisa de pasada sus escasas pertenencias. No falta nada. O no lo parece. No puedes fiarte de nadie. Entra al baño a mear. Al notar el leve escozor en el glande, descubre horrorizado que lo tiene arrasado, como si le hubieran levantado la piel. De hecho, le falta una buena parte de la piel de esa zona. (¡¿Qué coño hicimos anoche?!) Sonríe: a esta debería verla otra vez.

Después de ducharse, arreglar lo mejor que se le ocurre los desperfectos que la noche pasada ha dejado de recuerdo en su cuerpo, vestirse y tomarse un café, sale a la calle bajo un sol de media tarde que, al mismo tiempo, le renueva las energías y le hace desfallecer (joder, cómo está hoy la primavera). Compra tabaco y el periódico en el quiosco de la esquina y se dirige al parque cercano, a leer entre silbidos de pájaros, rumor de hojas y gemidos distantes de las primeras parejas del domingo.

Desde que llegó a la capital, Nuria tiene la piel atenta, los ojos velados, la furia al acecho. Desde que comenzó a estudiar, ha ido aprendiendo de todo (de Turismo, nada, eso sí). Ahora, el vértigo que genera en su mente, en todo su cuerpo, la velocidad de la existencia, amenaza con instalarse definitivamente en su interior. Las lágrimas descienden como pequeños insectos de la desesperación por sus mejillas rosadas, rozan la comisura de sus labios y se acumulan sobre su cuerpo. Se mira desnuda en el espejo, pero sigue sin entender qué hacen en su espalda, en su culo y en sus piernas todas esas marcas rojas, no recuerda de dónde han salido. Solo sabe, o intuye, que lo de anoche le gustó, pero, ¿cómo se llamaba el chico rubio?

Andrés descubre que está pensando en ella, sale despavorido del parque y en pocos minutos entra de nuevo en su casa. Ya limpiará otro día, ahora prefiere mantener en el ambiente ese extraño olor que, supone, proviene de la morenilla de ayer. Se fuma un par de cigarros seguidos, mira la tele un rato. Deja pasar el tiempo.

(Foto de keyseeker).

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