Antropología

Cuando cae la tercera gota sobre su cabeza, decide mirar hacia arriba. Hoy no tenía pinta de día de lluvia. Es noche negra, ni luna ni estrellas, así que a lo mejor hay nubes camufladas en el cielo, ocultas entre las masas de contaminación. Mira el reloj. Silba unos segundos una conocida melodía hasta que cae en la cuenta de que es esa mierda de canción de los niñatos de turno. Anda que vaya tela lo que se me pega, es probable que piense, mientras sonríe al pensar en que nadie la ha escuchado, por suerte.

Contando con que ha llegado quince minutos antes de tiempo, llevaba ya cerca de media hora de espera. La experiencia le dice (un leve susurro en el oído izquierdo) que demorarse en esa esquina más de otros diez minutos podría convertirla en el blanco perfecto. Se ajusta los pantalones (caprichosos, de esos con tendencia a la rebelión: a poco que se despistase, podían llegar a colocarse con los botones delanteros casi sobre la cadera). Enciende un cigarro justo a tiempo de que le caiga encima del grabado de la marca la cuarta gota de la noche. No suele sucumbir ante las garras del pesimismo o la premonición malsana, pero una idea comienza a ocupar cada vez más espacio en su cerebro: esos pequeños detalles, unidos, tienen toda la pinta de convertirse en una gran putada. 

Cinco minutos. Tampoco es cuestión de andar tentando a la suerte. Le sorprende, aunque se alegra, que nadie se le haya acercado aun con cualquier excusa poco meditada: ¿qué haces sola aquí a estas horas? ¿Tienes fuego? ¿Esperas a alguien? Como si estar en pie, de noche, en este barrio de regular fama, sola, con esta cara, con pinta de poco conocida en estas calles fuese lo normal en alguien que no espera a nadie.

Un leve temblor cruza alegremente por su espalda, de izquierda a derecha. No hay motivo aparente, pero comienza a sentir miedo. El vello de los brazos se le eriza siguiendo la pauta de un silbido que le recorriese los huesos. Dos minutos. Las gotas de lluvia se desperezan y saltan desde el cielo como si les fuese la vida en ello, como intentando recuperar el tiempo perdido. Comprueba que el dinero sigue en su sitio. A ver adónde podría haberse ido, si no. Está mirando la hora en el móvil cuando un carraspeo veterano cruza la calle, desde un callejón, hacia donde ella espera.

Comienza a sentir cómo la ansiedad intenta apoderarse de sus reacciones y emociones. Antes de que el terror la envuelva con su manto de asfixia, avanza unos pocos pasos, de vuelta al lugar del que venía.

Solo entonces me decido a aproximarme a ella, mientras el sonido de sus tacones rasga la noche, la camiseta de diseño mostrando la ficticia perfección de sus pechos, el pelo largo, negro y ondulado bailando al ritmo dictado por su pasos cada vez más frecuentes, la prisa aflorando en su rostro de labios tensos, ojos de mirada oblicua y piel de oliva. Apenas tengo tiempo de cantar su nombre antes de que se gire, con el rostro trazado de lágrimas, gotas de lluvia y rimmel. Me disculpo por el retraso, inventando una excusa habitual. Me insulta un poco, levantando la voz, y me propina un golpe a media fuerza en el pecho. Para liberarse de la tensión acumulada.

No pienso confesarle nunca que he permanecido escondido en el callejón desde antes de que llegase. Si lo supiese, acabaría cabreada en serio. No entendería mi afición por la antropología, por espiar sus movimientos, por observar la reacción ante los sonidos inesperados, por comprobar cómo la tensión del saberse en territorio inhóspito acaba tomando el control de su cuerpo y de su mente. Algún día lograré descubrir por qué, aunque nadie se desenvuelve de igual forma ante lo desconocido, las consecuencias acaban siendo tan parecidas.

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