Conocer gente

Ella ya está sentada en el banco acordado cuando él dobla la esquina, con toda la prisa reflejada en el rostro. La chica, vestida con leggins negros, camiseta blanca con extraños dibujos serigrafiados, sandalias claras y algo en el pelo que él no logra ubicar en el listado mental de adornos femeninos, sonríe a pesar de todo. Aun así, él no logra relajarse por completo. Su sonrisa de respuesta, desplegada mientras se sienta al lado de ella, bien ha podido parecer una muesca de asco, reflexiona a la vez que se rasca el pelo por encima de la patilla derecha. Se miran durante unos segundos, sin percatarse del temblor de manos del otro. Un primer síntoma de cosas en común.

Con diligencia, pensando en reparar de alguna manera el tiempo que ella pueda haber estado esperando, el chico saca una libreta de tapas de cuero negro, pequeña, y un bolígrafo del bolsillo derecho de la chaqueta negra que lleva sobre una camiseta de la Velvet Underground. Ella vuelva a sonreír, mueve de modo apenas perceptible los hombros, como asintiendo, y coge a su vez un cuaderno de espiral, del mismo tamaño que el del muchacho, del bolso. Nuevo cruce de sonrisas. Él pasa un par de páginas y comienza a escribir. 

Perdona por el retraso, me lié un poco para llegar a este parque.

Tras leer la disculpa, ella le mira durante un par de segundos, con lo que él interpreta como un gesto irónico, y se concentra unos segundos en su propia libreta.

No te preocupes… Solo llevaba un par de minutos aquí… ¿Qué tal el viaje?

Cualquiera que los observase durante unos instantes, deduciría con toda la razón que ella se mantiene mucho más serena que él. Mínimas gotas de sudor brotan de la frente del chaval mientras escribe una respuesta.

Bien, ya sabes… Largo, pesado, nada que no me esperase, ja ja ja. Remata la frase con dos puntos seguidos de un paréntesis de cierre.

Seguro que te lo has pasado en la cafetería, je je je… Ella también se anima con los iconos: punto y coma, paréntesis.

Él parece comenzar a calmarse. La naturalidad de la chica provoca un efecto ansiolítico en su ánimo. Escribe: La verdad es que sí, ja ja ja. Dándole vueltas a todo esto. Lo de vernos en persona por primera vez. Ya te imaginas…

Pero qué lindo eres, nervioso perdido. Dos puntos seguidos de una p. Nada más terminar de escribir esto, la chica se mesa el pelo castaño, justo por detrás de la oreja izquierda. Le pasa la libreta, con media sonrisa perfecta iluminando su rostro.

Como era de esperar, el efecto ansiolítico desaparece y él, de repente bloqueado, permanece unos segundos con la mirada fija en su libreta, lejano a cualquier tipo de inspiración. Ahora no puedo cagarla, piensa mientras el temblor de sus manos se acentúa. Entonces cae: ¿Te apetece tomar algo?

Vale, responde ella sin dudar. Así hacemos algo nuevo, que hasta ahora solo hemos “hablado”. Dos puntos, paréntesis. Ambos guardan sus respectivas libretas, se ponen en pie, se arreglan la ropa, miran a un lado, giran levemente el cuello, sonríen. Como si los guiasen por control remoto, arrancan en la misma dirección. Ninguno de los dos ha generado aun sonido alguno.

A pesar de que la primavera incipiente aun es más invierno que otra cosa, buscan una terraza para aprovechar el sol de mediodía. O para facilitar la huida en caso de que sea necesaria. Según.

Ninguno de los dos lo sabe, pero ambos están pensando en lo mismo: es como me esperaba, incluso mejor. Y eso que nunca hubiese creído posible conocer a alguien interesante por chat. La esperanza, paso a paso, va transformándose en euforia. Comienza una nueva era lejos de toda la mierda vivida en los últimos tiempos.

Dos mesas vacías les esperan en una cafetería con pinta de moderna. Se dirigen a la misma sin dudarlo un instante, lo que ambos interpretan sin decirlo como una señal. A los dos se les refleja en el gesto un sentimiento a medio camino entre la alegría infinita y la prudencia máxima. Nunca se sabe, aunque parece que pinta bien la cosa.

El desastre, sin embargo, acaba manifestándose de forma inesperada cuando el camarero les pregunta qué van a tomar. El mundo se detiene durante breves segundos, los pájaros dejan de piar, una nube cruza el cielo interponiéndose entre el sol y la pareja, cuando, mientras ella abre su libreta en la que no llegará a escribir café con hielo, él mira al camarero y dice un café con hielo…

Se da cuenta de su error irreparable justo antes de decir hielo, pero la inercia le hace terminar. Mil soles desatan la mayor de las tormentas en su estómago y empujan toda la energía hacia su garganta. Nunca el hielo fue tan frío como lo pronuncia él. Ella le mira con cara de horror, como quien descubre que lleva años acostándose con un asesino en serie y violador. El bolígrafo cae al suelo cuando se levanta y, con pasos apresurados, se aleja de la terraza de la cafetería dejando al chico con la mayor de las derrotas reflejada en su mirada y un billete de vuelta para dentro de dos días. Él guardará el bolígrafo de la chica que no pudo ser durante el resto de su vida.

(Foto de José Téllez).

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