El mundo digital y el de las cafeterías anda revuelto y con síntomas de indignación por las declaraciones de Mariano Rajoy en una entrevista concedida la Agencia EFE. La gente no se aclara. Primero se quejan de que no hable, tras anunciar una subida de impuestos a los tres días de formar Gobierno a pesar de haber basado su campaña en la promesa de no subirlos, y luego, cuando al fin abre la boca, no les convence que lo haga. ¿En qué quedamos? Todo sería más sencillo si nos diésemos cuenta de que el presidente es, en realidad, un genial humorista.
Desde hace años se sabe que entre las virtudes de Rajoy destaca el uso sutil y en dosis adecuadas de la ironía. Al menos, eso opinan sus seguidores. A nadie ha de extrañar, entonces, que una vez ganada la Liga de la política, haya dado rienda suelta a sus dotes de comediante. Es lo que hacemos todos: intentar potenciar nuestras habilidades, esperando con más o menos fortuna que estas oculten nuestras debilidades. Yo, de momento, me estoy riendo bastante.

