Han pasado unas cuantas décadas desde la última vez que coincidí con Papá Pitufo. Ya entonces era todo un personaje. Nunca se callaba nada, dejaba que su opinión sobre cualquier asunto, desde la decoración de las setas-viviendas hasta la calidad de los trabajos realizados por sus pitufos, arrasase si hacía falta el ambiente como un tsunami verbal que a todos dejaba fuera de sitio y, durante un tiempo, devastados. Pero era simpático en los momentos de calma. Siempre cercano en el trato.
Hace poco, mis contactos me propusieron que hablase con él. “Está cada día más cascarrabias con lo que ve por la tele”, me decían. “No se calla una”. Picado por la curiosidad, decidí quedar con él en el lugar donde solíamos hacerlo en los viejos tiempos. Desde luego, visto lo que me contó en esta entrevista exclusiva, la empresa creo que mereció la pena. Sigue leyendo




